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lunes, 25 de enero de 2010

La carne es débil.

Lo primero , ya sé que no he terminado el relato de Syxel , necesito algo de tiempo . Segundo , a partir de ahora voy a crear nuevas entradas con menos frecuencia , porque no tengo tiempo . Bueno , os dejo con el relato.

Han pasado tres días desde que se separaron del ejército que partió de Nuln a las órdenes del Emperador. A la cabeza del regimiento van dos sacerdotes. Los hombres están asustados. Hace horas que el músico dejó de improvisar a petición de algunos. Hace calor, el clima está cargado, húmedo. Sólo se oye el paso uniforme de los 30 soldados, su capitán y los dos sacerdotes. Uno de los sacerdotes se detiene, provocando que el resto del regimiento también detenga su paso.
- ¿Qué ocurre? pregunta el otro sacerdote.
- Deberíamos alejarnos del camino.
- ¿Estás seguro? - Nos arriesgamos a sufrir una emboscada, y no nos lo podemos permitir.
- Lo sé, pero hemos de dar una razón coherente a los soldados o descubrirán el plan. El capitán se acerca a los sacerdotes, indicando a los soldados que descansen. Los soldados echan armas y escudos al suelo y se estiran. Parecen ir de excursión, comentan, ríen, beben, revisan sus pertrechos.
- Señores, deberíamos movernos de un momento a otro. Las tropas enemigas pueden estar en cualquier parte. No podemos arriesgarnos, la misión es más importante que nuestra seguridad .dijo el capitán.
- Es cierto, capitán Witt. Estamos buscando una solución al riesgo que nos persigue. El ejército del Emperador no podrá contener las tropas del Caos sin la maza de Helstrum en las manos de Luthor Huss .Señaló el sacerdote a un martillo de un tono dorado apagado, con el mango de cuero, desgastado por el uso y el roce.
- Hermano Fontpère, ¿ha oído eso?
- Sí, hermano Clarence. ¡Soldados, a formar! - Déjeme a mí las órdenes, sacerdote .Replicó el capitán- ¡Reagrupaos! ¡Posiciones de defensa!
De pronto, el suelo comenzó a temblar. Los soldados, inquietos, empuñaron sus lanzas y miraban a todos lados. Alrededor sólo había unos cuantos matojos de zarzas resecas y dos álamos separados unos cinco metros entre sí. Un estruendoso grito femenino atravesó la llanura, los hombres miraron hacia arriba, no había nada. El día era estupendo, apenas había nubes, el cielo estaba azul y el sol apretaba vigorosamente, no obstante, un sudor frío comenzó a recorrer las espaldas de los hombres. Todos estaban inquietos, no dejaban de moverse. El capitán Witt cargó su pistola y se separó del grupo. Lentamente exploró el frente del regimiento. El suelo estaba firme no había nada sospechoso. Otro grito rompió en el cielo. ¿Qué es eso? ?se preguntan algunos hombres. Arpías, diablillas, algún engendro de Tzeentch, comentan entre susurros los más pícaros. Les gusta sembrar la incertidumbre entre ellos, les parece divertido, luego se arrepienten cuando sienten el frío acero atravesando sus estómagos. Los más miedosos piden silencio. Otro grito más estremeció a los soldados y escucharon el crujir de una rama, el regimiento entero dio media vuelta. Ante ellos un centenar de esqueletos y zombis se retorcían con la vista perdida en el infinito. ?¡Deponed las armas!? Gritó la estruendosa voz. ?¡Si os negáis, moriréis en el nombre de Mannfred von Carstein!? Pero el orgullo del Imperio siempre permanece. El sacerdote Clarence gritó ferozmente ?¡Por el Emperador!? y se lanzó contra las huestes de no muertos. Necios? No sabían lo que el destino les tenía preparado. Y así, cargaron los soldados, confiados, pensando ya en la victoria cuando aún no habían derrotado a ninguno de sus enemigos. El sacerdote cargó sobre un esqueleto, destruyó su cráneo con su martillo. Un lento movimiento de un zombi falló al intentar golpear al sacerdote con su garra. Decenas de brazos y extremidades se movían lentamente entre los zombis. Impredecibles e implacables avanzaban disimuladamente por el terreno. Los soldados cargaron furiosos sobre los zombis, clavando sus lanzas en sus pútridos cuerpos. Intentan avanzar contra los impasibles zombis. No retroceden. Los soldados se agolpan, empujan desde la retaguardia. Algunos maldicen esperando poder dar alguna que otra estocada y de pronto, cae el primero. Un soldado ha sido golpeado por un zombi. Nadie ha visto el golpe, arrastran el cuerpo atrás. En la retaguardia se mantiene impasible el sacerdote Fontpère, inexpresivo ante el encuentro. Se acerca al derribado y le toca la frente. Mientras, en primera línea, más soldados caen, algunos empiezan a tener miedo. Han visto la fuerza de los no muertos. Los lentos movimientos arrastran consigo cualquier cosa que se les ponga delante, nada puede parar la voluntad de los dioses oscuros. Han caído diez hombres más. Los implacables golpes de las podridas calaveras, los débiles esqueletos, balanceándose incesantemente de lado a lado hacen realidad los mitos de los que hablaban los ancianos, esas historias que todo el mundo toma por exageradas, ahora son realidad, incluso se quedan atrás de lo horripilante que resulta ver a tu compañero caer de un solo golpe, sangrar como nunca ha sangrado. Provocan hemorragias incesantes con solo un roce de su pútrida piel. Parece que su marcha persiste por muchos que caigan. Las filas de ambos bandos se han visto menguadas considerablemente en proporción a cada uno. Lo cierto es que sólo se mantienen en pie el capitán, cinco soldados y los dos sacerdotes. Fontpère sigue a la retaguardia, atendiendo a los heridos, sosteniendo sus almas por unos últimos instantes, protegiendo el secreto de su misión. El capitán lucha como si el mismo cielo le esperase tras las hordas de cadáveres andantes. Uno tras otro, acuchilla decenas de veces el mismo cuerpo, descuartizándolo, para así asegurarse de que no se pondrá en pie una vez más. Clava su espada en el cuello de un zombi, esquiva el mandoble de un esqueleto y contraataca con un cuchillo que guardaba en su cintura. Le ha cortado la médula espinal por la zona lumbar; el esqueleto ha caído al suelo, pero, aún así, sigue moviéndose, como si nada hubiera ocurrido, pero a pesar de ello, el capitán aplasta su cráneo contra el suelo con su bota y continúa acuchillando al zombi. El campo de batalla está repleto de extremidades arrancadas, algunos zombis están comiéndose los cuerpos de los soldados caídos y de sus propios camaradas no muertos. No hay distinción a la hora de comer en el país de las sombras. ¿¡Alto!? ?Gritó la estruendosa voz. Todos los zombis se quedaron quietos, como estatuas. No respiraban, no parpadeaban, solo segregaban corrosivos y viscosos fluidos que caían al suelo, pero no se inmutaban. Algunos soldados rematan a sus enemigos hasta que el capitán indica que paren. - Os estoy dando la oportunidad de sobrevivir. De poder contar esta historia a vuestros herederos. En vuestra mano está la respuesta. La voz se había calmado, pero seguía sonando amenazante. - ¿Qué es lo que quieres? ¿Quién eres? ¡Muéstrate! ?gritó el capitán desesperado. - Le noto inquieto, capitán Witt. Una extraña niebla inundó la escena. Apenas se podía ver. Comenzó a hacer un frío espantoso. Dos de los soldados cayeron al suelo temblando y gimiendo. Una figura se plantó delante del capitán. No se podía distinguir nada, ningún rasgo, sólo su silueta. Una figura alta y esbelta, de largo cabello y una extravagante armadura, con figuras y tallados extraños.
- ¡Póstrate ante el poder de los Condes Vampiro!?el capitán cayó de rodillas, su cara sólo podía expresar miedo, espanto, porque era lo único que podría sentir ante lo desconocido.- Hemos venido a por lo prometido. Queremos la reliquia.
- ¿Reliquia? ¿Qué reliquia? ?preguntó Clarence.
- La que portan sus hombres, triste mortal.
- No tenemos ninguna reliquia.
- Eso no es lo que me dice su compatriota .Soltó una carcajada profunda y estruendosa, sumida por el eco del vacío.- ¿Verdad hermano Fontpère?
- Sí, maestro. Lo prometido es deuda .Se acercó al vampiro y se arrodilló.
- ¡Traidor! Fontpère cogió el martillo y apretó la calavera que se encontraba en el centro y el martillo se abrió. En su interior había un pequeño paquete, el cual entregó al vampiro.
- Esto es todo, ahora, morid.
- ¡Espera! Detuvo Fontpère al vampiro sujetándolo.- ¿Qué hay de nuestro trato?
- Ah, sí. Ven conmigo, te esperan 100 años de letargo.
- Antes, acabemos con ellos, no deben comunicar lo ocurrido a sus superiores.
- Como quieras, te esperaré en el cementerio de Talabheim. En el nicho central. El traidor se acercó a Clarence. Acarició su desnuda cabeza y le susurró algo inaudible que cambió el gesto del sacerdote, ahora estaba furioso, sus ojos brillaban. Parecía empezar a adquirir poder de manos de los dioses, una oportunidad de salvarse aclaraba el cielo. Fontpère clavó en la nuca de su hermano la espada del capitán. Cayendo éste sobre el suelo, sangrando a borbotones. Cortó la cabeza del inmóvil capitán y fue ejecutando uno a uno a los cinco soldados que aún mostraban signos de vida. Con un paso lento, feliz, como quien pasea un domingo con su familia, se fue alejando de la escena de batalla. No había ni rastro de los zombis. Sólo cadáveres de soldados del imperio, mordidos, demacrados, descuartizados por las almas perdidas del infierno. La traición no se perdona en el Imperio. El mismísimo Emperador se encargará de castigar a los traidores, o eso es lo que pensaron los hombres que fueron testigos de tal cruel escena. Todas estas vidas, a cambio de la inmortalidad. Lo que no sabían ni el sacerdote Clarence, ni el capitán Witt, es que los caídos en combate fueron contagiados con la enfermedad de estos zombis. Lentamente, comenzaron a alzarse los cadáveres con el uniforme Imperial. Olían carne viva, carne que aún sangraba, y fueron a comerla, contagiando así, al resto del regimiento con la maldición eterna de la mano oscura de las sombras. Ahora deben de estar dirigiéndose al pueblo más cercano, en busca de comida, y es que para mantener una línea tan ideal como la suya, hace falta comer mucha carne, sobre todo carne humana.



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