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viernes, 5 de febrero de 2010

Descansa en Paz


De repente, algo se escuchó en las alturas.

- ¡Cuidado! ¡Se encuentra en el tejado! ¡Disparad!- Dijo un soldado mientras cargaba su arco con una flecha.

En ese momento, una batería de proyectiles fueron en dirección a la oscura figura que se encontraba en el tejado del campanario de la iglesia. La figura se escondió en el campanario, esquivando todas las flechas disparadas.

Pasado un breve periodo de tiempo, salió al exterior de nuevo. Esta vez consiguieron observar la terrorífica silueta de la criatura: tenía forma humanoide, dotada de unas inmensas alas de color oscuro, y en su boca se podían observar unos incisivos enormes y afilados; sus ojos, de un tono rojizo, contrastaban con su blanquecina piel. El pelo caía por encima de su cara, ocultando parte del rostro, lo que le daba un toque más siniestro, aun si cabía, a la criatura. Sus huesudas manos tenían unas deformadas uñas afiladas. Sus pies forma de garra.

- ¡Cargad vuestros arcos! ¡Prepararos para disparar de nuevo! ¡Dis...!- Antes de terminar de dar la orden, un escalofrío recorrió su espalda al ver que la criatura alada tenía en sus manos un rehén.

- ¡Deteneros! ¡No disparéis! ¡Tiene un rehén!

En ese momento, aprovechando el descuido de los soldados, la criatura desplegó sus alas y, cogiendo al rehén entre sus brazos con gran fuerza, se dirigió hacia los escarpados acantilados de las tierras de Sylvania.

- ¿Habéis conseguido identificar a la bestia?- Preguntó el jefe de la guarnición de soldados de la Inquisición- Al parecer era Sagast Von Carstein... Parece que finalmente ha despertado...- Respondió uno de los soldados.

- Que Sigmar se apiade del alma de ese fiel...- Balbuceó el jefe de la guarnición. Y en ese momento, todas las unidades de dicha guarnición se santiguaron, y rezaron por el alma que estaba a punto de llegar a los brazos de Sigmar.


Más tarde, en una de las cuevas de los acantilados, Sagast lanzó al suelo a su víctima. Se acercó a ella y le dijo:

-Te espera la peor noche de tu vida. Serás mi alimento y diversión, mortal. Sufrirás y suplicarás que la muerte te lleve en sus fríos brazos- dijo Sagast sonriendo y mostrando sus afilados colmillos.

Acto seguido se lanzó sobre el cuello del rehén y este, antes de ser mordido, dio una patada a Sagast, haciéndole perder el equilibrio. En ese instante el rehén desveló su identidad:

-Valentine, señor de los cazadores de brujas, te saluda.

Cuando Sagast escuchó sus palabras, un raro sentimiento se apoderó de su cuerpo. Al parecer era aquello a lo que los mortales llamaban miedo. Sagast observó a Valentine de arriba a abajo. Iba cubierto con una túnica, que prácticamente le cubría todo el cuerpo.

De repente, Valentine se desprendió de su túnica, dando a relucir una elaborada armadura de cuero reforzado, llena de insignias y un puñado de estacas, al mismo tiempo que desenfundaba su pistola. Sin que Sagast tuviera tiempo a reaccionar, únicamente pudo mirar la cara del humano que le daría caza. Tenía una faz fornida llena de cicatrices, tapada en parte por un cuidado cabello de color cobrizo. Sus ojos azules se mezclaban con el bronceado color de su piel y llevaba una barba de varios días.

Valentine, sin ninguna vacilación, accionó su arma. El proyectil salió disparado y atravesó la cabeza de Sagast, entrando por la frente y saliendo por la nuca. El vampiro cayó al suelo gritando de dolor y maldiciendo al cazador de brujas y a sus antepasados. Sin perder tiempo, Valentine busco en su cinturón entre varias estacas, las cuales tenían distintas insignias.

-Ha llegado tu momento, Sagast Von Carstein, ¡que Sigmar se apiade de tu alma!- Dijo Valentine, lanzándose a la carrera sobre el cuerpo medio moribundo de su enemigo.

-¡Por Sigmar!

En el momento que el cazador de brujas dijo esas palabras, la estaca empezó a arder en llamas, y Valentine la clavó en el pecho de Sagast, agonizando este de dolor.

Valentine, ayudado por la culata de su pistola, clavó hasta el fondo la estaca en el corazón del vampiro. Pasados unos instantes, el cuerpo de Sagast permanecía inmóvil en el suelo. Y Valentine, cortándole la cabeza como prueba de que había realizado su trabajo, balbuceó:

-Descansa en paz.

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